Visiones

por | Ene 22, 2024 | Actualidad | 0 Comentarios

Visiones

 

Su mirada siempre esquiva observaba más allá de la gente, más allá del horizonte de la vida, hacia una lejana lontananza, indescifrable páramo donde la realidad se perdía en sus fantasías más extraordinarias, aquellas de una niña olvidada. Ese maravilloso mundo, era el único lugar que nadie podía tocar, era aquella habitación de sueños que, si alguna vez conocías, sabrías buen viajero, cuan afortunado eras de contemplar la sublime belleza de los insondables brillos áureos y oscuridades prometedoras que guardaba su corazón. Esa mirada fugitiva siempre se alejaba de cualquier intento por encontrarla, incluso de aquellas miradas bien intencionadas que queriendo hallarla, renunciaban con tristeza a su afán de rescatarla, recuperarla de su abandono y aislamiento. Ya no era tiempo de ser rescatada, se decía, aquel momento se había contraído en la radicalidad de su carácter autosuficiente, en una promesa no dicha, de nunca esperar nada de nadie, ni del miserable mundo gris que le devolvía su mirada cuando por instinto se proyectaba fuera de los lindes de su imaginación colosal.

Fue por ese entonces, siendo apenas una niña adulta engullida por la multitud convocada en las grandes avenidas de la ciudad indiferente, cuando una extraña sensación la expulsó de repente de sus cavilaciones recurrentes y la sitúo de improviso en la realidad circundante, como si de un empujón se tratara, para atestar una visión casi mística, la imagen de un fino halo que dorado habría un claro entre el caos convulsivo de los transeúntes, para posarse en la persona más bella que jamás conocería, un hombre de sonrisa afable y porte noble, que compasivo la miraba desde la distancia como si la hubiera estado esperando eternamente. Qué extraordinario e inefable sentimiento abrió su pecho en aquel momento ínfimo y eterno, como una verdad insoslayable de lo divino trascendiendo hacia lo mundano al modo de una revelación, pero que lamentablemente vuelve raudo a la penumbra dejando una sensación de irrealidad y socavamiento. Un extraño efecto de la imaginación que traspasó su refugio hacia la vida, pensaba tratando de explicarse tal acontecimiento. Su mirada por fin hallaba la belleza del mundo, pero no sabía si había sido real.

Muchos años la acompañó ese recuerdo, que siendo tan efímero capturó con tanta fuerza sus pensamientos y esperanzas, deseando con fuerza poder hallar nuevamente ese rostro transmundano, cuya belleza conmovedora remeció su corazón huidizo para situarlo más allá de toda incertidumbre en la seguridad inexplicable, pero cierta, de su mirada.

Otros años pasaron y la niña se había convertido en una inquieta adolescente, que ajena a la preocupación de padres y tutores vigilaba por sí misma las conveniencias e inconveniencias del mundo para poder sobrevivir sin aprehensiones. La tensión a la que obligaban las miradas, le parecían cada vez más cotidiana, menos peligrosa, más sobre llevadera, pero su mundo seguía siendo el que observaba silenciosamente desde aquella posición invertida que la hacía parecer ausente la mayor parte del tiempo.

Muchas historias iba escribiendo en sus andanzas de hija huérfana, el mundo se habría cada vez más y su única certeza era su propia precaución. Todo estaba disponible y muchas manos se extendían presurosas a ofrecerle las experiencias más sublimes del despertar voluptuoso de la juventud. Su aura de misterio actuaba como una fuerza magnética que atraía de manera indiferenciada los intereses más diversos, pero su renuencia y forma especial de ser, la hacían desasirse fácilmente de los compromisos sociales, volviéndose sobre su infinito mundo de ensoñaciones. Un sentimiento, sin embargo, se empezaba a asentar con más fuerza en su corporalidad emergente de mujer novicia, una voluntad que por su precocidad parecía ser un designio de vidas pretéritas, un propósito establecido muchos años antes; la necesidad, casi la urgencia de ser madre.

Fue por esos tiempos, en los innumerables viajes qué solía hacer sobre los cacharros destartalados que oficiaban como buses, en un día inundado de la tristeza blanquecina del invierno, que, entre la aglomeración exacerbada de gente contorsionada, pudo distinguir nuevamente aquella imagen brillante de cándida luz, aquel rostro de hombre noble que se había vuelto parte de sus recuerdos. Nuevamente se mostraba como una epifanía en el desolador descampado de la vida cotidiana, como oficiando un contraste sobrenatural entre lo mundano y lo sagrado, observándola tiernamente desde el otro extremo como atravesando los cuerpos interpuestos en su intención de alcanzar sus pupilas y transmitirle un mensaje indescifrable. Lucía de la misma manera en que lo había visto la primera vez, con la misma ropa y expresión en su rostro, su bolso colgando como un estudiante yendo hacia una cátedra dictada en otro mundo. Su reacción fue tardía, quiso apresurarse para alcanzarlo entre los cuerpos que dificultosos se movían dándole paso, se había bajado o había desaparecido antes de que pudiera descansar de su esfuerzo y mirar. Estaba consternada.

No pasaron pocos años, la vida sin quererlo había tomado forma, decisiones y contingencias la habían llevado hacia la capital siendo una mujer con familia, alegremente madre de una bella niña, se sentía realizada, pero no por ello, olvidaba aquella persona, que inexplicablemente seguía viendo de vez en vez como una aparición celestial inesperada, generándole los mismos sentimientos de felicidad exultante seguidos del ocaso de su evanescencia. ¿Quién era esa persona? ¿Qué clase de casualidad podría dar cabida al entendimiento de estos encuentros? Muchas preguntas giraban en su cabeza toda vez que sin pensarlo aparecía súbitamente como queriendo permanecer impertérrito en su memoria. Por favor nunca me olvides parecía decirle desde la distancia insondable qué separaba sus mundos.

Sin embargo, para ella era alguien real, no podía no serlo, si efectivamente lo veía, si sentía que podía alcanzarlo, que estando allí parecía tan cercano como para tocarle, aunque se fugase inexplicablemente, era alguien real. Quizás solamente no era el momento, quizás aquel encuentro pacientemente esperado era parte de un designio futuro indescifrable, un designio imposible de modificar, incluso si su voluntad era tan fuerte como para doblegar la vida a su favor, como había hecho con tantas adversidades, no podía invocarlo para desentrañar aquel misterio. Fue por esos años cuando una pregunta se asentó con fuerza en sus pensamientos: ¿Cuál será su nombre?

Fue mucho tiempo después, cuando en un viaje al extranjero, pudo percatarse de algo realmente inquietante que le habría la realidad de aquella persona de una forma diferente. Fue en la madurez de su vida, cuando el tiempo da muestras incuestionables de su soberano influjo sobre la vida, cuando ajetreada por las calles de la ciudad, escucho súbitamente que alguien la llamaba no pudiendo evitar el impulso repentino de levantar la vista y mirar alrededor; allí estaba nuevamente, casi a la misma distancia insalvable que hacía imposible su alcance más que con la mirada, con la misma expresión compasiva y maravillada de su persona, los mismos sentimientos de alegría contemplativa, de nostalgia inundada, seguidos por la tristeza de su desaparición irrevocable. Esta vez algo había despertado su comprensión hacia otra esfera, dando una respuesta que como muchas otras no saldan interrogantes, sino que abren campos de entendimiento que se encuentran más allá de la razón o cierran el entendimiento razonable ante su imposibilidad. Aquella persona que se había presentado era la misma, exactamente la misma, ya no en las cercanías de su vida ordinaria, sino que incomprensiblemente compartiendo un mismo destino a miles de millas de distancia de los terrenos baldíos de su recuerdo y no tan solo eso, ni lo principal, sino más bien la constatación sorpresiva de la ausencia del tiempo y su huella en su rostro y complexión. Seguía siendo el mismo joven desenfadado que parecía ir a clases cuando ella aún era una niña.

¿Quién era? Nunca se animó a hablar de él, había sido su gran secreto por mucho tiempo, pero en ese momento sentía la urgencia de hacerlo, como si el ejercicio de la palabra pudiera darle una existencia de la que parecía constantemente huir. Fue por ese entonces que las conversaciones la llevaron a recuerdos que parecían sepultados hondamente, memorias cargadas de sentimientos infames que había querido depositar en las fauces del olvido, pero que desafiantemente osaban persistir. En esos tiempos antiguos, donde el dolor amenazaba con quebrar cualquier resistencia de la vida y la cordura, quebrar su fragilidad de niña y mujer desamparada, había sido la presencia de aquel rostro transmundano la que le había traído algo a lo que aferrarse, algo inefable, un hálito de esperanza quizás, un bastión de insubordinación ante el impulso de muerte, de rebeldía por existir existiendo. No estaba sola, nunca lo había estado, siempre la había acompañado. ¿Quizás era su guardián?

¿Crees en los ángeles de la guarda querida? le había preguntado su amiga, ella pensativa siempre había tenido una respuesta inmediata a aquella pregunta. Dios no existía para ella, nunca había estado cuando lo necesitó, pero ahora su silencio mostraba el germen de la duda. No quería negarlo y por eso callaba. No hay un dios que nos haya creado ni al que le importemos, y si por alguna razón existiera en alguna parte, se ha olvidado de nosotros. Era lo que pensaba más genuinamente, ¿pero debía ser solamente eso la vida? ¿Una ciudad de chimeneas que vierten su humo a un cielo cada vez más lejano y más alto, con paredes ocres por las que se desparrama el zumo de una fruta de sangre crecida en el asfalto, como diría el célebre trovador español que tanto le gustaba? La vida podía ser más que eso, su experiencia era tan imposible de refutar como de comprender.

Fue por ese entonces que tuvo un conmovedor sueño donde entre estrellas danzarinas revoloteantes, comenzó a elevarse más allá del tiempo y la vida, una mano iba al encuentro de la suya apaciguando su latir estrepitoso, y luego frente a ella aquella mirada que fue la primera que se atrevió a mirar entre el gentío, aquella que le pareció tan familiar, como si fuera la suya propia, como si fuera la mirada de su propio padre, sepultado en el infinito. El susurro de su nombre, y luego el vertiginoso viaje hasta ser depositada suavemente sobre su cama y despertar con la absoluta tranquilidad de quien por fin ha liberado su alma al comprender algo prodigioso que está más allá del intelecto y las palabras. Ella se sentía liberada.

Distantes lunas la encontraban nerviosa y recostada esperando con ansias que por la puerta apareciera. Su emoción de arrobamiento se desbordaba en un llanto dulce cuando por fin pudo cargarlo entre sus brazos y mirarlo a los ojos, en ese momento supo cómo se llamaría.

Su guardián venía del cielo y también del futuro.

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