Una noche de navidad

por | Ene 22, 2024 | Actualidad | 0 Comentarios

Una noche de navidad

 

Donde brillan las luces y se escuchan las risas, un eco metálico se propaga por el ambiente invisible y ligero, transitando la ciudad como una energía que oscurece los pensamientos lúgubres de quienes se sienten abandonados y cuya rabia intenta erigirse como una última lucha por rescatar el propio valor venido a menos por los malos tratos, las malas palabras, los malos actos, los abrazos y besos negados, el desamor…Así era aquella noche de navidad, extrañamente llamada noche buena cuando para muchos era una noche amarga, quizás la más oscura del año, ensombrecida de recuerdos torcidos y emociones quebradas que contra la voluntad eludían fácilmente al carcelero de la indiferencia y la desafección. El simulador de frases anodinas como no importa, estoy bien, la vida sigue, me basto conmigo, se volvía pequeño e impotente contra la fuerza arrolladora de la vida porque no siempre se puede esquivar la propia mirada ni el dolor y hastío que conlleva.

 

Las luces se encendían intercaladas, un tanto difuminadas y borrosas al son del ritmo de una cancioncilla plástica que subía por el vaho enrarecido de aquel lugar donde oscura y silenciosa permanecía sentada mirando un horizonte que no se extendía más allá del balcón que tenía enfrente, un lugar donde el mundo se acababa, donde ya no estaba el mirador del futuro desde el cual se podía rescatar la vida. Era solamente un segundo de decisión para cometer un acierto o quizás el error más siniestro, pero incluso siendo así, lo sería para quienes vivieran, ya que para los muertos no hay más que nada y un camino sin retorno. Por la misma razón me cuestionaba si sería necesario escribir algo al respecto, no había nadie que realmente importara, nadie a quien recurrir, ya no estaba quien por muchos años fuera la única persona que se interesó por mí, la persona que siendo pequeña me rescato tantas veces de la indigencia del alma, la que con su abrazo y cuidado me hacían sentir como una niña normal, ya no sucia y andrajosa como solía estar la mayor parte del tiempo. ¿Me rescatarás esta vez? preguntaba entre sollozos y estertores mientras intentaba recordar tu voz difuminada por el tiempo.

 

Fue una fría noche de septiembre, cuatro meses atrás, donde la funesta vida, con su frío aliento de calavera nos trajo la aciaga noticia de tu muerte repentina, un ataque cardíaco fulminante mientras descansabas en tu hogar. ¿Cuánto te pesó la pena para que tu corazón se rompiera siendo tan joven? Siempre decidiste vivir, levantarte con una sonrisa y una broma presta, incluso si estabas abatido ¿por qué yo no puedo hacerlo? ¿Por qué no puedo honrar tu memoria al menos con eso?

 

Asomada al balcón, me aferré fuertemente a la barandilla mientras el viento me traía los rumores del ambiente festivo. Difícilmente podía sostenerme en pie, las luces de la explanada citadina se revolvían como luciérnagas inalcanzables por mi embriaguez. Alcé mi mirada al cielo buscando algo o alguien sin saber realmente qué, pero el vértigo me envolvió haciéndome retroceder y casi caer de bruces. Quizás debía escribirte algo, aunque solo fuera para alcanzarte en mis pensamientos, quizás con la vaga esperanza de traerte de regreso, como una niña ingenua que desconoce los límites de la fantasía, que, a pesar de su inconmensurable rabia y dolor, se esfuerza por creer en la magia.

 

Fue en ese momento, en que mareada y perdida buscando un lápiz y hoja entre mis cosas, encontré un recuerdo tuyo del que me adueñé cuando ya habías partido, un diario de vida de tu juventud. Solamente una vez había intentado leerlo, pero no pude continuar…, entonces decidí ocultarlo allí como un grial sagrado que se venera y teme al mismo tiempo. Fue un segundo de indecisión el que precedió a una fuerza misteriosa que guio mi mano a la página que en su acápite decía 24 de diciembre, Una noche de Navidad:

 

“¡Contesta por favor!, ¡contesta por favor!, ¡contesta por favor!, sé que siempre lo haces, no quiero que sea otra persona, quiero que seas tú Sofía, sobrina mía, necesito escuchar tu voz, si contesta alguien más, mi madre, mi abuela, mi hermana, colgaré y me perderé en la oscuridad…estoy profundamente solo y triste en este momento, no quiero ver a nadie y sin embargo me gustaría verte y estar contigo, pero no puedo…No puedo estar allá, siento que me quebraré, siento que ya no puedo más, solo tú das luz a mi vida… contesta por favor! ¡Aló! ¿Quién es? ¿el viejito pascuero?… Eras tú Sofía… mientras me hablabas, yo trataba de disimular mi pena y felicidad venida a lágrimas corriendo por mi cara, tú me salvaste aquella noche de navidad cuando estaba a punto de colgar y rendirme, ¡Si lo hiciste! Me hablaste de tantas cosas, del viejo pascuero, de los duendes, de los renos y Rodolfo, de lugares mágicos donde los colores brillan, donde los arcoíris son puentes de felicidad y donde la muerte y el valle de las sombras no existen. Te amo Sofía, ¡solo necesitaba eso, te iré a ver mañana y todos los días que quedan, juro que lo haré! ¡Te amo infinitamente!

 

Una inmensa luz inundó mi corazón, una sonrisa se esbozó en mi cara, lágrimas dulces llenaron mis ojos de niña-adulta, la vida me parecía bella y quería bajar a abrazar al mundo entero…en navidad.

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