Psicoterapia por video-llamada

por | Jul 13, 2020 | Actualidad, Adultos | 0 Comentarios

Producto de las limitaciones necesarias que se han establecido en el movimiento de la población como medida para frenar la masificación del contagio por el virus estrella, la psicoterapia presencial se ha vuelto en la mayoría de los casos una imposibilidad. Esto ha planteado un importante desafío a la forma usual que tienen los psicólogos de relacionarse con sus pacientes, renuentes en un principio a trasladar la cercanía y calidez del contacto cara a cara del espacio acogedor y privado de la consulta a la fría pantalla del mundo virtual, aquella pantalla negra tan cuestionada por las humanidades y el arte.

El psicólogo es un cuestionador por excelencia y por lo mismo le cuesta a veces adaptar su labor a escenarios que cree que pueden afectar su praxis, porque se toma en serio el propósito de su labor, le interesa saber si este cambio de “realidad” estará a la altura de los parámetros éticos, metódicos y técnicos a los cuales se ciñe habitualmente. Pero esta nueva realidad post “Estallido Social de Octubre” y “Covid-19” ha roto todo lo habitual y familiar y exige nuevas formas de encuentro que se hacen más necesarias en cuanto las consecuencias emocionales negativas del confinamiento se van radicalizando en la población.

Según Durao (2017), las investigaciones en el campo de la psicoterapia por video-llamadas, que por lo cierto, no son muchas por ser un fenómeno relativamente nuevo, afirman que las similitudes rebasan en mucho a las diferencias y por lo tanto pareciera ser que los prejuicios son bastante infundados al restar mérito a este tipo de intervención.

Además, según esta autora, una inclinación del psicoterapeuta a trabajar desde esta modalidad indica habilidades clínicas relevantes en psicoterapia como una personalidad flexible, un estilo personal más sintonizado con las necesidades del paciente y un nivel de empatía igual que el que se logra establecer en una sesión presencial.

Otros aspectos favorables destacados de este tipo de atención son la reducción de costos por ahorro en el desplazamiento entre lugares y la reducción del estigma social  en torno a los  tratamientos  de  salud  mental, el  anonimato  y  privacidad  de  los consultantes.

Sin embargo, también se han observado importantes limitaciones que vale la pena mencionar. Por ejemplo, se desaconseja realizar este tipo de intervención cuando la severidad de los síntomas es alto, es decir, pacientes con diagnósticos complejos como trastornos  afectivos  severos,  trastornos  de  personalidad  y  abuso de sustancias. Tampoco se recomienda para terapias como la infanto-juvenil, que requieren mayor contacto sensorial.

Pardo & De la Torre recomiendan poner especial énfasis en el lugar donde se realiza la video-llamada aludiendo a la importancia de salvaguardar la privacidad y anular cualquier posibilidad de que la información pueda ser escuchada por terceros. Este punto resulta crucial y debe ser considerado tanto por el terapeuta como por el paciente.

Estas mismas autoras establecen que la intervención por video-llamada debe considerarse únicamente en caso de que resulte necesario, siendo más partidarias de la atención presencial.

Esta postura es bastante entendible y compartida, debido a que las atenciones presenciales son primeramente relaciones interpersonales que difícilmente pueden ser equiparadas por el enfoque virtual, sin embargo en términos de resultados no existirían diferencias significativas entre ambas por lo que es responsable decir, que este tipo de atención en el contexto actual está plenamente justificado.

Sabemos por ejemplo que gran parte de la intervención clínica se sostiene en la comunicación no verbal, información que se empobrece bastante en la video-llamada y que requerirá de un sobre-esfuerzo del terapeuta para compensar esta deficiencia de manera exitosa. Sin embargo habrá consecuencias que el terapeuta deberá considerar:

Según Petriglieri y Shuffler en El Observador, 2020, explican una videoconferencia requiere más concentración que una conversación cara a cara porque se genera un mayor esfuerzo en procesar información no verbal como la postura corporal, el tono de la voz y las expresiones faciales, ya que este tipo de información, que representa más del 90% de la comunicación en un encuentro normal, se encuentra limitado o debilitado. Esto genera un mayor desgaste y agotamiento asociado del cual el terapeuta debe estar consciente para brindar una mejor atención.

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